Conocimientos en resonancia: apuntes preliminares para una epistemología de la escucha

“No hay justicia global sin justicia cognitiva global”. Para quien esté familiarizado con el trabajo de Boaventura de Sousa Santos, esta frase remitirá a la idea de que las luchas sociales implican luchas epistemológicas: no hay cambio social posible sin transformaciones en la manera en la que conocemos, interpretamos y comunicamos la realidad actual, como un paso necesario para la construcción de realidades futuras.

De manera más específica, Santos plantea la necesidad de cuestionar las premisas epistemológicas que heredamos de la modernidad europea, poniendo atención en los saberes “periféricos” que sistemáticamente han sido ignorados, reprimidos, desacreditados. Bajo el concepto de epistemologías del sur, este sociólogo denota las formas de conocimiento que surgen en el llamado sur geopolítico, es decir, en las regiones del mundo que en términos económicos, militares y culturales, que no necesariamente geográficos, dependen de las regiones que se ubican en el norte. Desde perspectivas que abarcan aspectos tan diversos como el sistema de producción, las diferenciaciones asimétricas de género y raza y la relación entre civilización y naturaleza, las epistemologías del sur promueven lo que Santos denomina ecología de saberes: un sistema cognitivo que parte de la premisa de que todas las experiencias, prácticas y conocimientos humanos son igualmente válidos, equitativamente dignos de ser reconocidos, sin que esto se traduzca en un proceso de homogeneización que pretenda anular sus diferencias.

Ahora bien, pese a la intención de generar una crítica integral a las epistemologías modernas, un aspecto que en general ha sido descuidado por los “teóricos del sur” -y con ellos me refiero no sólo a Boaventura de Sousa, sino también a pensadores como Enrique Dussel, Aníbal Quijano, entre otros-, es el de la dimensión sensorial del cogito; concretamente me refiero al hecho de que la epistemología dominante se ha venido construyendo bajo un paradigma visual, marginando los conocimientos que se generan a partir de los otros sentidos. De Descartes a Bourdieu, desde Comte hasta el propio Santos, podríamos nombrar un sinnúmero de pensadores cuyas nociones epistemológicas parten de la visión, no sólo por el uso de términos como evidencia, observación, enfoque, escala, entre muchos otros que conforman la jerga investigativa, sino también porque se basan en un principio de racionalidad estrechamente vinculado con lo que Marshall McLuhan denominara la cultura alfabética. Aunque éste no es el espacio para detenernos en una explicación sobre la relación que McLuhan encontraba entre la escritura alfabética y el sentido de la vista, conviene recordar su advertencia sobre la presunta aproximación de la humanidad hacia una nueva cultura acústica: una en la que la razón alfabética daría lugar a una forma de pensamiento que integre la intuición, los afectos, la simultaneidad discursiva, entre muchas otras habilidades cognitivas que el comunicólogo asociara al funcionamiento del oído.

Llegamos con esto al planteamiento central de este texto, que puede formularse en los siguientes términos: la experiencia, conocimiento y prácticas humanas son más ricas y diversas de lo que la señalada “epistemología visual” nos permite reconocer; siendo que nuestra relación con el mundo pasa necesariamente por nuestras capacidades perceptivas, podemos suponer que todos nuestros sentidos contribuyen a la manera en la que interpretamos nuestro entorno y en la que construimos, ultimadamente, ese universo inteligible que llamamos “realidad”. Para este trabajo, y respondiendo a un interés que ha venido ocupando mis reflexiones en los últimos años, nos detendremos en las implicaciones generales que tendría el desarrollo de una epistemología auditiva, concretamente una que tenga la escucha y la resonancia como elementos centrales de su enfoque cognitivo.

Comenzaré mi argumentación con una cita de Steven Feld, antropólogo estadounidense cuyas ideas constituyen un marco fundamental para esta propuesta. Tratando de comprender distintos aspectos de la vida cotidiana de los miembros de las comunidades Kaluli, Feld nos sugiere lo siguiente:

Lo que acabamos de escuchar es un fragmento del disco denominado Voces de la Selva Tropical, que de acuerdo con su autor es un trabajo etnográfico que sirve para escuchar la escucha de los Kaluli. Bajo el concepto de acustemología, Feld nos ofrece una herramienta teórico-metodológica que busca, en sus propias palabras, conjuntar la acústica y la epistemología “para investigar el sonido y la escucha como un conocimiento-en-acción: un conocer-con y a-través-de lo audible” (Feld 2015:12). Escuchando lo que ellos escuchan, podemos aproximarnos acústicamente a la manera en la que los Kaluli se relacionan entre sí y con su entorno; pero además, podemos acceder a aspectos emocionales, afectivos y sensoriales para los que las palabras resultarían insuficientes. ¿Cómo transmitir de manera verbal aquello que sentimos al escuchar la caída los árboles? ¿Cómo describir el timbre de las voces que cantan, que gritan y murmuran, con ritmos y afinaciones que difieren de nuestros propios referentes musicales? Estas preguntas ejemplifican algunos de los aspectos que se dejan apreciar en documentos sonoros como éste, y que difícilmente serían atendidos por otro tipo de estrategias heurísticas.

Si he querido comenzar refiriéndome al trabajo de Feld, es porque demuestra que a través de la audición es posible generar conocimientos alternativos a los que se construyen desde la palabra y la visión. Por supuesto, esto es algo que hacemos de manera cotidiana, sin necesidad de recurrir a conceptos como el de acustemología u otros, pero el punto a cuestionar es la medida de conciencia que tenemos al respecto. En otras palabras, aunque escuchamos todo el tiempo, y aunque a partir de nuestra escucha estamos siempre interpretando y significando nuestro universo, al momento de reflexionar sobre nuestra propia cognición seguimos dando prioridad a lo que vemos, con todo lo que ello implica en términos de “racionalidad ilustrada” y de marginación de elementos tan importantes para nuestra vida como son la intuición, la sensibilidad y los afectos.

Ciertamente, y como demuestra el caso de Feld, en las últimas décadas han surgido líneas de investigación que buscan reivindicar la importancia de los sentidos y las emociones como formas de conocimiento humano. Sin embargo, debemos admitir que siguen siendo mínimos los espacios -tanto académicos como no- que cuestionan en la praxis el “paradigma visual” que en los últimos siglos se volviera hegemónico. Esto se debe no sólo a una falta de consciencia respecto a la importancia que tienen otro tipo de saberes, sino también a la falta de experiencia que tenemos al respecto. Estando tan acostumbrados a ver-para-creer, es comprensible que desconfiemos de aquello que sin mirar escuchamos. Necesitamos, por ende, generar experiencias que nos permitan descubrir las realidades que se ocultan en “el sur” de nuestro cuerpo, de nuestra racionalidad, y de todo aquello que solemos reconocer como parte de nuestro propio pensamiento.

Precisamente con el fin de apostar por los saberes empíricos, les pediré a quienes leen este artículo que colaboren conmigo en la siguiente actividad:

  1. Para empezar, les pediré que se tomen cinco minutos para apreciar con atención los sonidos de su entorno.
  2. Pasado ese minuto, voy a pedirles que reproduzcan la siguiente pista de audio, comenzando con un volumen mínimo que aumente gradualmente, hasta el punto en el que pueda soportarse sin lastimar: Reproducir audio.
  3. Una vez que el sonido “inunde” el espacio, lo que sigue es caminar en él, explorando las distintas sonoridades que se generan a partir de la interacción del sonido con el espacio. En un primer momento, la exploración consistirá simplemente en caminar escuchando los efectos sonoros; y en un segundo momento, a lo anterior se sumará la emisión de sonidos vocales, escuchando las transformaciones sufridas por la voz propia.
  4. Seguir la exploración hasta que termine la pista, y posterioremente volver a la lectura del texto.(Nota: de ser posible, esta actividad tendría que realizarse en un grupo de al menos tres personas, y utilizando el mejor equipo de audio que se tenga disponible. La actividad no funciona con audífonos, pues es fundamental que el sonido interactúe con las propiedades acústicas del espacio).

¿Qué percibimos, qué pensamos, qué ha sufrido nuestro cuerpo con esta serie de experiencias? Aunque probablemente cada uno de los presentes respondería a estas preguntas de manera diferente, quizás existan también algunos puntos en común sobre los que podamos extraer algunas conclusiones. En primera instancia, puedo suponer que a la escucha de nuestro entorno descubrimos que cinco minutos pueden durar mucho más de lo que estamos acostumbrados; puedo sospechar, por otro lado, que conforme íbamos adentrándonos en la escucha fuimos poco a poco descubriendo distintos planos sonoros: alguien se habrá concentrado en el sonido lejano de los automóviles, mientras otros habrán colocado su atención en los ruidos emitidos por el propio cuerpo. ¿Y qué sentimos al escuchar el audio reproducido? ¿Alguien notó que nuestros cuerpos vibraban al ser golpeados por las frecuencias que componían aquellos sonidos? ¿Alguien se percató de los efectos de resonancia, batimentos y desfase que se generaron en distintos puntos del espacio? Finalmente, es posible que varios de nosotros hayamos experimentado momentos de confusión mientras tratábamos de emitir distintos sonidos que se mezclaran con la pista de audio; probablemente notaron que en algunos puntos las voces se quiebran, mientras que en otros tantos parecen potenciarse; y entre quebrantos y potenciamientos, quienes pudieron realizar la actividad en grupo tuvieron la experiencia de escuchar su voz mezclada con la de otros. ¿Alguien tuvo la sensación de no saber si lo que escuchaba provenía o no de su propia garganta? A estas preguntas y suposiciones podríamos agregar un sinnúmero de otras apuestas, pero el caso es que al colocar nuestra audición en situaciones de extrañamiento, de deshabituación y desconcierto ocurren cosas en el espacio, tanto en el físico como en el social, que nos llevan a resignificar el lugar que ocupamos en este micro-universo.

El ejercicio que acabamos de realizar es un ejemplo del tipo de actividades que he venido explorando en los últimos años, con el propósito de investigar en términos empíricos las implicaciones epistemológicas de la escucha. Si bien requeriría un espacio mucho mayor para profundizar en las características y alcances de la metodología que estoy poco a poco desarrollando, de momento me limito a compartir una tríada de proposiciones que sintetizan las conclusiones a las que hasta ahora he llegado:

  1. Primera proposición: la temporalidad de la escucha difiere de nuestra concepción cotidiana del tiempo. Esto, en parte, responde a que a que el oído capta siempre el devenir de sucesos en el tiempo, lo que difiere de manera radical con lo que cognitivamente detonan los mecanismos de representación y administración visual del tiempo (como son el reloj, el calendario y dispositivos similares). La memoria, la duración, la densidad de acontecimientos que podemos apreciar, operan de manera distinta cuando escuchamos que cuando activamos otros mecanismos de percepción, lo que se relaciona estrechamente con la apreciación de temporalidades no lineales, no distribuidas simétricamente y no supeditadas a la administración productiva del trabajo.
  2. Segunda proposición: las propiedades del espacio se modifican a partir de nuestro propio movimiento. Contrario a la noción de objetividad o neutralidad de procedimiento, lo que se juega en este caso es un principio de subjetividad radical. Sobre este asunto cabe remitirnos nuevamente a Steven Feld, quien asocia la acustemología con las ontologías relacionales para plantear que el ser humano “no ‘adquiere’ simplemente conocimiento, sino que uno llega a conocer a través de un perpetuo proceso de participación y reflexión interactiva y acumulativa” (2015: 13-14). Entre las consecuencias que esto tiene, se cuenta la relevancia que aspectos como el sentimiento y el estado de ánimo adquieren para el propósito de conocer el mundo, lo que se aleja del postulado epistemológico que deja fuera la subjetividad del cognoscente para abocarse a la recolección de datos “duros”.
  3. Tercera proposición: nuestra percepción y nuestra palabra están mediadas por la presencia del otro. En contraste con una ciencia -y, por cierto, también un arte- que se basa en la autoría, en el progreso individual y en el imaginario de una civilización construida por personas excepcionales, hemos vivido una experiencia en la que nuestras voces se confunden en el torrente sonoro (lo que aplica, sobre todo, para quienes hicieron el ejercicio en grupo), generando toda clase de efectos acústicos que fueron resultado de la interacción de un conjunto diverso de cuerpos resonantes. La vibración acústica es a veces capaz de interrumpir, a veces de potenciar, y otras tantas de mezclar las voces que dialogan a partir de su interacción con el espacio.

De estas tres proposiciones me sirvo para caracterizar un marco epistemológico que podría concretarse en distintos campos disciplinares, como de hecho demuestran diversos pensadores.

En el campo de la filosofía, por ejemplo, cabe referirnos al trabajo de Jean Luc Nancy, quien sugiere que la filosofía moderna se ha centrado en estudiar la manera en la que nuestra mente es capaz de remitirse a una realidad inteligible, dejando fuera aquello que conocemos a través de la resonancia de lo sensible. El resonar, de acuerdo con este filósofo, implica una relación completamente distinta con aquello que comprendemos. No se trata ya de entender y generar sentidos estables respecto a los fenómenos y los objetos, sino de estar a disposición de un sentido que se construye a cada momento, desde cada dimensión de nuestra mente y nuestro cuerpo, siempre en relación con aquellos que resuenan en nuestra propia construcción de conocimiento (cfr. Nancy 2007).

Esto resuena con lo que Carlos Lenkersdorf establece, desde el campo de la antropología, en su conocido libro sobre la escucha tojolabal: “el escuchar es uno de los pilares del diálogo. Nos acercamos al otro al escucharlo y así nos entendemos. Por eso, el otro no es solamente el que nos habla, sino que es a la vez participante necesario del diálogo que nos hace reconocer la dignidad de cada uno de los dialogantes” (2008: 43). Es a partir de esta noción de escucha que Lenkersdorf nos habla de un principio de cosmoaudición que contrasta con el concepto antropológico de la cosmovisión.

Finalmente, en el terreno de la pedagogía, Paulo Freire plantea: “la importancia del silencio en el espacio de la comunicación es fundamental”, pues el silencio permite, “al escuchar el habla comunicante de alguien, como sujeto y no como objeto, procurar entrar en el movimiento interno de su pensamiento”, al mismo tiempo de abrir la posibilidad, para quien se encuentra “realmente comprometido con comunicar y no con hacer comunicados”, de “escuchar la indagación, la duda, la creación de quien escuchó” (2002: 110).

Los anteriores ejemplos nos llevan a afirmar que la escucha es un asunto capaz de permear, de transformar, algunas veces de manera radical, el pensamiento y la acción humana en sus múltiples manifestaciones. No es fortuito que un aspecto común en el trabajo de Nancy, Lenkersdorf y Freire sea su intención por remover, de manera similar a lo que plantrea Boaventura de Sousa, los principios epistemológicos que sostienen las estructuras de poder: aquéllos que cierran, que endurecen, que niegan la posibilidad de reconocer en el otro esa parte constitutiva de nuestra propia subjetividad.

Llegados a este punto, conviene hacer una aclaración importante, a saber, que el prestar atención a la dimensión epistemológica de la escucha no implica concebir el oído como un sentido aislado de los otros. La escucha es, de hecho, una forma particularmente sensible de tacto, toda vez que las ondas vibratorias impactan nuestros tímpanos al momento de escuchar; pero más allá de eso, el oído tiende a ser un sentido holístico en la medida en que capta los estímulos que le llegan desde distintas direcciones. Decir que somos cuerpos resonantes equivale a sugerir que tenemos capacidad de vibrar, que vibramos en todas direcciones, más allá de los órganos específicos que se activen en el fenómeno vibratorio. Al final de cuentas, la vibración no es otra cosa que el efecto dinámico que la energía tiene sobre los cuerpos: a partir de una fuerza se mueven las moléculas, y sólo entonces se detonan los distintos procesos que permiten el acto de escuchar.

Por todo lo anterior, no tendría sentido contraponer la epistemología de la escucha a otras formas de conocimiento; por el contrario, lo que se propone es seguir a los “teóricos del sur” en la idea de construir una “ecología de epistemes”: un reconocimiento de la complejidad cognitiva que los seres humanos tenemos. Hay que ser, ciertamente, razonables, pero también debemos ser sensibles a las características acústicas de nuestro tiempo. Un compromiso fundamental de todo investigador es el de asumir que tiene un cuerpo por escuchar, y que existen además diversos cuerpos que interactúan con el propio. Acaso la solución a los problemas más difíciles, a las barreras más infranqueables, no se encuentre tanto en la invención de nuevos dispositivos, de nuevas ciencias y nuevos medios para ampliar nuestras aptitudes racionales, como en la aceptación de que somos un sistema corporal que posee distintos grados de resonancia. Y este es, precisamente, el objetivo principal que motiva el escrito presente.

Pero cuidándome de la seducción que los estudios sobre la escucha y el sonido suelen implicar, seducción que algunas veces se convierte en discursos sumamente afirmativos y celebratorios, he de cerrar mis reflexiones con una suerte de epílogo que nos distancíe de la certeza y nos coloque en el terreno de la duda. Para ello, retomo las palabras que Rubén López Cano me escribiera hace poco en una comunicación personal: “creo que estamos arañando un tema muy importante, pero es como si danzáramos asintóticamente con un meollo sustancioso… pero no llegamos a la portería”.

Las palabras de López Cano me remiten, en un momento explicaré por qué, a la pregunta con la que Lenkersdorf abre el ensayo antes referido: “Por qué escribimos sobre el escuchar? Conocemos la palabra, la empleamos y la necesitamos constantemente.(…) No podemos prescindir del escuchar en el contexto en el cual vivimos. ¿Por qué, pues, un trabajo sobre lo que es conocido y cotidiano?” Por que el escuchar, continúa Lenkerdorf, “es más problemático de lo imaginado” (2008: 11).

Retomando la metáfora de las “danzas asintóticas”, y suscribiendo la advertencia planteada por Lenkersdorf, concluyo este escrito con dos consideraciones:

  1. Primero, que no podemos hablar de una epistemología de escucha sin asumir que el acto de escuchar implica diversos riesgos. Basta pensar en la mortífera persecución que están teniendo en estos días los periodistas en México, siendo que su oficio consiste justamente en escuchar la realidad y ponerla a disposición de nuestros propios oídos. Escuchar, al menos en estos días (y posiblemente como una constante a lo largo de la historia humana), es un acto que confronta a los sistemas de poder y puede, por ende, dar lugar a toda clase de reacciones adversas. El hecho mismo de trabajar en el desarrollo teórico, artístico y pedagógico de una una presunta epistemología de la escucha, encuentra de inmediato toda clase de resistencias, barreras que habitan tanto en nuestra propia corporalidad como en el cuerpo social que nos sirve de contexto.
  2. Y segundo, que el hablar de un nuevo paradigma epistemológico conlleva la necesidad de replantear los objetivos y metodologías de adquisición de conocimiento, al punto de cuestionar lo que entendemos por logros intelectuales, por verdades científicas o por metas alcanzadas en el terreno cognitivo. En palabras de Nancy,

El oído se aguza y se tensa por o según un sentido, y acaso haya que decir que su tensión es ya sentido o hecho del sentido (…) Esta disposición profunda es una relación con el sentido, una tensión hacia él: pero hacia él con completa anterioridad a la significación, sentido en estado naciente, en un estado de remisión para el que no está dado el fin de esta ultima (el concepto, la idea, la información) y, por lo tanto, en un estado de remisión sin fin, como un eco que se reactiva de por sí y que no es nada mas que esa reactivación (…) (Nancy 2007: 54-55).

Siguiendo a este último filósofo, podemos suponer que no existe forma de escapar a la perpetua remisión a una forma de epistemología a la que nunca podremos acceder completamente. No dejaremos de arañar el tema de escucha, no lograremos evadir las contradicciones que un texto como este -uno que ha sido construido desde el paradigma logocéntrico que se está cuestionando- trae consigo; no dejaremos de danzar asintóticamente, pero tampoco abandonaremos el proyecto de seguir escuchando, asumiendo de antemano las problemáticas, los riesgos y peligros que esto conlleva.

De lo que se trata, a fin de cuentas, es de estar dispuestos a resonar con las preguntas que este ejercicio reflexivo despierta. Existen precedentes, existen hoy en día diversas líneas de investigación que pretenden reactivar la cuestión sobre la escucha, existen medios tecnológicos y contextos culturales que nos permiten explorar metodologías discursivas que hace décadas eran inabordables; y existen, por supuesto, personas que día a día disputan el terreno de lo auditivo.

Remitiéndonos nuevamente a Boaventura de Sousa, termino suscribiendo su argumento de que “las luchas más importantes son las más próximas” (Santos 2012: s/p). Es desde esta idea que planteo la necesidad de contribuir a las luchas epistemológicas desde ese espacio de proximidad, que en mi caso particular, es el de la escucha.


BIBLIOGRAFÍA

Feld, Steven. “Acoustemology”. Keywords in sound. EUA: Duke University Press, 2015. Pp. 12-21.

Freire, Paulo. Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002.

Nancy, Jean Luc. A la escucha. Buenos Aires: Amorrortu, 2007.

Lenkersdorf, Carlos. Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales. Madrid: Plaza y Valdés, 2008.

Santos, Boventura de Sousa. Una epistemología del sur. México: Siglo XXI, CLACSO, 2009.

Santos, Boventura de Sousa. Conferencia dentro del II seminario de reflexión y análisis, CIDECI, Unitierra, 2012. Disponible: https://www.youtube.com/watch?v=cN3ZXd5zjoQ

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