Sociología del ruido (versión Armstrong Liberado): la sociedad conflictiva y otros desbordes anti-sociales

Este post es retomado del artículo que se publicó hace un par de meses 
en el blog de Armstrong Liberado. En un siguiente post compartiremos 
una nueva versión de la Sociología del ruido.

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Para diversos sociólogos, la sociedad se define por sus hilos ordenantes, por sus reglas y estructuras, que sirven a las personas para vivir en comunidad. Para Joseph Fichter, por ejemplo, es posible “definir una sociedad como la estructura formada por los grupos principales interconectados entre sí, considerados como una unidad y participando todos de una cultura común” (1994 [1974]: 153).

Sin embargo, basta salir a la calle para darnos cuenta de que la vida social desborda por mucho los marcos estructurantes: contra la ilusión de estabilidad, lo que encontramos a cada paso son “conductas antisociales”: niños que lloran, conductores en sentido contrario, accidentes, imprecisiones, corrupción, mascotas extraviadas y semáforos descompuestos… y en cada caso desbordamientos culturales que no alcanzan a encajar dentro del ámbito de “lo común”.

Ante éstas y muchas otras eventualidades, cabe preguntarnos hasta qué punto las “desviaciones” pueden ser consideradas como excepciones a la norma social, o hasta qué punto habría que entenderlas como elementos constitutivos, definitorios e imprescindibles de lo que implica vivir en sociedad. Tal como sugieren los sociólogos “conflictualistas” (Dahrendorf 1992, Collins 1975), o como planteara hace décadas el también sociólogo Richard Sennett, es posible pensar la sociedad como una entidad abierta, entendiendo lo abierto como “incompleto, errante, conflictual, no-lineal” (Sennett, s/f). Para estos y otros investigadores, es fundamental replantear los fundamentos de la sociología para que ésta, en vez de reducirse a la caracterización de hechos sociales como los que hace más de un siglo planteara Dukheim (2001 [1895]), confronte los aspectos irregulares, imprevistos e incluso indeseables de la vida en comunidad.

Ahora bien, aunque dijimos ya que autores como Dahrendorf, Collins y Sennett han reconocido desde hace varias décadas la importancia del conflicto para el análisis sociológico, son todavía pocos los que atienden al sonido y la escucha como aspectos fundamentales del conflictivo entorno social. Si decíamos antes que la vida cotidiana está plagada de “conductas antisociales”, falta decir que todos estos comportamientos no sólo se prestan para ser observados, sino que emiten sonidos y por ende pueden ser escuchados. De los niños que lloran al caos vial que producen los semáforos descompuestos, son vastos los ejemplos de desbordes y desviaciones que se escuchan en un entorno social cualquiera.Y no es sólo que el sonido resuene al compás de los múltiples desórdenes que pueblan nuestros días, sino que tiene además una “gracia” particular para recordarnos lo inestable que somos: mientras la arquitectura pretende, aunque fracase, ordenar… mientras la ingeniería urbana y el diseño de exteriores pretenden canalizar los tránsitos humanos de manera organizada, el sonido no se presta a “esconder la suciedad bajo el tapete”. Los ruidos traspasan las paredes, unen el cielo con la tierra, viajan en todas direcciones, y para colmo nos invaden desde las “cavernas resonantes” de nuestra propia corporalidad.

Veamos lo que al respecto plantea el filósofo Michel Serres:

Estamos rodeados por ruido. Y ese ruido es inextinguible. Se encuentra afuera –es el mundo mismo– y también se encuentra adentro producido por nuestro propio cuerpo viviente. (…) En el comienzo era el ruido; el ruido nunca se detiene. Es nuestra apreciación del caos, nuestra aprehensión del desorden, nuestro único vínculo con con la distribución dispersa de las cosas. La escucha es nuestra apertura heroica a lo problemático y lo difuso; otros receptores sirven para garantizarnos un orden, y en caso de que no otorguen o reciban dicho orden se clausuran de manera inmediata. Ningún otro sentido da cuenta de que que estamos rodeados y al mismo tiempo llenos de fluctuación (1982: 126).

Como vemos en esta cita, el sentido de la escucha, al menos para Serres, es un medio particularmente propicio para confrontarnos con el desorden que somos, que habitamos y nos habita. De manera que hablar de escucha no implica sólo hablar de aquello que entra por nuestros oídos, sino del cuerpo integral, biológico y social que somos, sobre el cual lo que escuchamos tiene mucho por decir. Se trata de entendernos como cuerpos resonantes, como flujos de energía que palpitan en el entorno, como “notas musicales” que constituyen, como sugiriera alguna vez Murray Schafer, una gran composición colectiva (Schafer 1993).

Pero ya que recordamos a Schafer, es importante señalar una diferencia fundamental entre su noción de ecología acústica y la caracterización que sobre el ruido hace Serres. Para el primero, el objetivo primordial de los estudios de paisaje sonoro es la “afinación del mundo”, es decir, la búsqueda de un equilibrio acústico que nos conduzca a mejorar los entornos sociales; por el contrario, el “ruido inextinguible” de Serres, lejos de ser un paisaje sonoro equilibrado, constituye un torrente de sonoridades que chocan, se entremezclan y entran en toda clase de conflictos: sonoridades que destruyen y horrorizan, pero que al mismo tiempo dinamizan los procesos sociales, y que en todo caso son ineludibles en la misma medida en que el conflicto y el desorden es parte constitutiva de nuestro ser.

Con estas ideas en mente, comparto a continuación cuatro fonogramas que forman parte de distintos ejercicios de etnografìa sonora que he realizado en los últimos meses, algunos de ellos con el equipo del Laboratorio de Periodismo Sonoro del LML, y otros más con el Seminario de Antropología del Sonido del proyecto La oreja (in)culta. Todos estos audios ejemplifican los desbordamientos, los excedentes, los desórdenes sociales que nos impiden aceptar el mito de la sociedad perfecta.


a) Jardines de Cuicuilco

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En las faldas del anillo Periférico, a un costado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en la Ciudad de México, se encuentra una zona arqueológica llamada Cuicuilco. Con una antigüedad que data aproximadamente del 800 a.c., esta zona constituye una reliquia antropológica que contrasta fuertemente con el caos del Periférico y con las diversas construcciones que la rodean. En términos sonoros, Cuicuilco es una especie de oasis, pues permite alejarse del ruido de la ciudad para sumergirse en un rumor de árboles y fantasmas.

No obstante, para mantener la imagen turística de Cuicuilco, particularmente la de su pirámide central, es necesario que día a día se riegue y pode el pasto, que se recoja la basura que dejan los visitantes, que dispongan las plantas, insectos y otro tipo de animales de manera que encajen con el mito del “pasado glorioso”. Es así que en el audio superior podemos escuchar cómo el sonido tranquilo, idealizado del lugar, se irrumpe con el estruendo de las podadoras de césped, haciéndonos recordar que incluso estas burbujas citadinas cuestan mucho a la sociedad, y requieren del trabajo (por norma precario) de personas que nunca son los antropólogos, los visitantes o los fantasmas.


b) Paseo nocturno en bicicleta (día de muertos)

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Desde hace varios años, se ha vuelto tradición en la Ciudad de México celebrar el día de muertos con una rodada ciclista. Cuando ocurren este tipo de rodadas, se cierran algunas calles principales del Centro Histórico, y el espacio que normalmente es transitado por automóviles pasa a ser ocupado por bicicletas, triciclos y peatones.

Con este tipo de eventos, el gobierno capitalino hace alarde de su interés por los ciudadanos “de a pie”, por las familias de bajos recursos y por el medio ambiente que descansa, al menos un par de horas, de los residuos que los carros expiden en la zona. Pero, tal como se escucha en el audio precedente, este alarde es por mucho exagerado, pues este tipo de ocasiones, lejos de constituir una estrategia de urbanismo ecológicamente responsable, son en realidad burbujas de excepción que en poco o nada contrarrestan el dominio de los autos.

Pensar que estos eventos son espacios de libertad para el peatón y el ciclista, equivale a ignorar que las calles de la ciudad no están pensadas para esta clase de presencias. Sólo hay que salir un momento de la ruta, o esperar a que los guardias nos informen (como ocurre en el fonograma) que la rodada ha terminado, para volver a la realidad de calles saturadas, de cruces imposibles, de niveles y desniveles en los que el ciclista se juega cada día la vida. Es así que la supuesta libertad y salud social que las rodadas representan, conforman en realidad una suerte de placebo que a duras penas hace el rol de simulacro.

Aclaremos: no se trata de negar que las rodadas ciclistas traen consigo una serie de beneficios, ni que representan el triunfo de movimientos ciudadanos que han luchado durante décadas para colocar en la agenda pública esta clase de iniciativas, pero sí de rechazar el discurso celebratorio de un gobierno que se jacta de transformar con ello la ciudad. En el fondo, y a pesar de los aspectos positivos de prácticas como éstas, las rodadas constituyen un espacio más desde donde observar (escuchar) la desigualdad, el control exacerbado y la falta de planeación que son aspectos definitorios del Estado mexicano.


c) Esculturas sonoras en el Bosque de Aragón

El bosque de Aragón es una zona verde ubicada hacia el noreste de la Ciudad de México. Aunque se le llama “bosque”, es en realidad un parque de grandes dimensiones que ha pasado por distintas etapas históricas. Recientemente, apenas hace un año, este espacio fue objeto de un proyecto de remodelación que, entre otros efectos “colaterales”, implicó la tala de una importante cantidad de árboles y la suspensión de servicios tradicionales del lugar, como es el caso del trenecito que lo traspasa (del que hoy en día sólo quedan las vías).

Las razones por las que considero el Bosque de Aragón como parte de esta lista de sonidos “conflictivos” son variadas: por una parte, esta zona muestra el antagonismo que el proyecto urbano tiene con las zonas naturales (para hacer el “bosque” adecuado para sus fines, fue necesario talar árboles, destruir flora y fauna, etc.); por otra parte, este es un lugar donde las personas rompen con las lógicas laborales y temporales del resto de la ciudad -los jóvenes andan en patineta, fuman, los niños gritan, las parejas se besan con mayor libertad que en otros puntos de la ciudad; pero entre todas las contradicciones y conflictos que se gestan en Aragón, me interesa mostrar una muy específica, a saber, el rol que juega el jardín de esculturas sonoras que se encuentra en el corazón del “bosque”.

Este jardín está constituido de una decena de artefactos sonoros de gran escala, mismos que fueron creados por escultores famosos como José Luis Cuevas y Leonora Carrington, entre otros. Estos objetos -campanas, tubos, platillos, etc- pueden ser percutidos por la gente que visita el parque, y, como se muestra en la grabación, dan lugar a distintos tipos de juegos. ¿Qué sensibilidades se mueven en un jardín sonoro como este? ¿De qué manera un espacio constituido por “obras maestras” se articula con la cultura popular, con personas que no necesariamente están involucradas con el “mundo del arte”? ¿Qué es lo que las personas experimentan al tañer las enormes estructuras y sentir su propio cuerpo vibrar, y qué es lo que sienten aquéllas que escuchan el “concierto” sentadas en el pasto? Estas son sólo algunas de las preguntas que un espacio como éste puede propiciar.


d) Aves citadinas

Para cerrar con esta lista de fonogramas, escuchemos a las aves que habitan a las afueras del metro División del Norte. Este metro está ubicado en el centro-sur de la ciudad, en el cruce de tres avenidas importantes (Universidad, Cuauhtémoc y División del Norte), y afuera del mismo se observan árboles enormes que son el hábitat de un gran número de pájaros.

Las aves de División del Norte son un recordatorio de varias cosas: de que el urbanismo nunca terminará con la fauna de la región (por mucho que la lastime constantemente), pero también que el sonido de los autos y aviones muchas veces no nos deja poner atención en esos otros “habitantes sonoros” que, aunque suenan de manera estruendosa, pasan desapercibidos por la mayoría de quienes transitan diariamente por la zona.

Pero además, tomando en cuenta que las aves “se desenfrenan” únicamente por la mañana y por la tarde, cuando inician y concluyen su jornada, esta grabación nos lleva a constatar que los tiempos y estaciones determinan nuestra vida, por mucho que la electricidad, el trabajo y las dinámicas de la ciudad nos hagan olvidar que somos seres biológicos. Frente al estrés de la vida urbana, y contra el ideal de un urbanismo arrasador como el que se expande, por cierto, en esta misma zona, los pájaros insisten en que los seres humanos no estamos solos en el mundo.

Desde la copa de árboles centenarios, antes y después de sobrevolar una de las ciudades más contaminadas del mundo, ellos comienzan y terminan su jornada con el mismo canto que promulgaran hace siglos. Como si se burlaran de los tiempos humanos, como si vieran crecer a los edificios con esa sobria convicción de que al final, cuando colapse la ciudad y los humanos nos demos por vencidos, ellos seguirán cantando, entre árboles y cables, en un lenguaje incomprensible para nuestros débiles oídos.


Bajo el concepto de sociología del ruido, algunos autores han analizado el papel que tiene el ruido como un agente de contaminación urbana. Elena Muñoz Aguilar, por ejemplo, utiliza dicho concepto bajo la pretensión de “evaluar el impacto del ruido ambiental sobre la población residencial del municipio de Huelva” (2015: 3), mientras que Artemio Baigorri lo utiliza para abordar su “preocupación por el ruido como agente contaminante” (1995: 1). En ambos casos, prima una perspectiva de ecología acústica que se enfoca en estudiar los aspectos nocivos del ruido, bajo la intención de buscar alternativas que regulen los excesos sonoros.

A diferencia de estos autores, en este texto pretendo introducir una noción sociológica del ruido bastante diferente: una que se base en las premisas conflictualistas que consideran los problemas, desórdenes y desviaciones como aspectos constitutivos de toda sociedad, y no como rasgos anti-sociales que, en el caso de no poderse eliminar, deberían por lo menos ser estrictamente regulados.

De modo que el ruido, bajo esta concepción sociológica, vendría a ser un elemento crucial para escuchar y componer las sociedades humanas desde una noción bastante menos “afinada” que la que planteaba hace décadas Murray Schafer. Escuchando el ruido de una ciudad como la de México, es posible analizar no sólo las aspiraciones puristas, sino también, y sobre todo, las tensiones sociales y ecológicas que en ésta se viven: tensiones ineludibles, algunas veces incluso deseables, aunque no por ello exentas de la necesidad de confrontarse de manera responsable.

Tal como propone Brandon Labelle en su conocido libro sobre Territorios Acústicos, el ruido puede ser pensado como “un encuentro ético desde el cual generar un cuidado por lo desconocido, por el otro”; pero no un cuidado que niegue el conflicto o que elimine lo que estorba al “orden social”, sino uno que “encuentre puntos de contacto, así como puntos de diferencia, fluctuando entre las necesidades pragmáticas de un sueño profundo [silencioso] y las necesidades sociales [ruidosas] de sentirse involucrado” con lo que ocurre, pese a quien le pese, en el complejo mundo que habitamos.


Bibliografía

Baigorri, Artemio. (1995). “Apuntes para una sociología del ruido”. V Congreso Español de Sociología – Granada.

Collins, Randall. (1975). Conflict Sociology. Nueva York: Academic.

Dahrendorf, Ralf. (1992). “Hacia una teoría del conflicto social”, en Amitai y Eva Etzioni (Comp.), Los cambios sociales. México: Fondo de Cultura Económica.

Durkheim, Emile. (2001 [1895]). Las reglas del método sociológico. México: Fondo de Cultura Económica.

Fichter, Joseph. (1994 [1971]). Sociología. Barcelona: ed. Herder.

Labelle, Brandon. (2010). Acoustic Territories: Sound Culture and Everyday Life. Nueva York: Continuum.

Muñoz Aguilar, Elena. (2015). Informe final del estudio: percepción social del ruido por los ciudadanos en la ciudad e Huelva: metodología y resultados. Concejalía de Medio Ambiente. Ayuntamiento de Huelva, Ayuntamiento de Huelva.

Schafer, Murray. (1993). The soundscape: our sonic enviroment and the tunning of the world. Rochester: Destiny Books.

Sennett, Richard. (1971). The Uses of Disorder: Personal Identity and City Life. Nueva York:
Vintage Books.

Sennett, Richard. (s/f). The Open City . Ed. independiente del autor. Disponible: http://www.richardsennett.com/site/senn/UploadedResources/The%20Open%20City.pdf

Serres, Michel. (1982). The Parasite. Baltimore: John Hopkins University Press.
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