El rancho y sus campechanas: arte y creatividad en los tiempos de híbridos.

por Sísifo Pedroza

I. TIEMPO DE HÍBRIDOS

Hoy es 16 de septiembre de 2015. En unos días se cumplirán treinta años del trágico temblor que en 1985 devastara la Ciudad de México. En aquella catástrofe, junto a miles de muertos y millones de afectados, falleció el llamado “profeta del nopal”: el poeta y cantautor Rockdrigo González, a quien quisiera dedicar las palabras que expondré a continuación.

 

Entre las canciones que Rockdrigo nos dejó, hay una que ha sido inspiración del colectivo en el que participo, al punto de que el nombre de dicha agrupación es tomado del primero de sus versos. En esta composición, el cantautor chilango alude a una época de hibridación cultural que se mueve al ritmo de los cambios tecnológicos que marcan todavía nuestra época. “Era un gran rancho electrónico”, comienza la satírica canción, para después continuar con una sarta de campechanas mentales que nos confronta con circunstancias socioculturales que aún en nuestros días no acabamos de comprender.

El Rancho Electrónico es lo que llamamos un “espacio hacker”: un lugar donde personas de diversos intereses nos reunimos para compartir experiencias y preocupaciones en torno a lo que reconocemos como un horizonte de libertad cultural. Aunque es común asociar los espacios hacker con el desarrollo de recursos tencológicos libres, y aunque éste es, en efecto, un eje fundamentales del trabajo de nuestro Rancho, la hibridación cultural que Rockdrigo nos plantea nos ha llevado a abrir el espectro de nuestras actividades. Es así que nuestra agenda actual incluye no sólo talleres de programación, sino también de comida vegana, de cartografía, de diseño editorial y, lo que es el tema principal que trataremos en las siguientes líneas, actividades artísticas en las que combinamos los principios y herramientas del software libre con una exploración sobre medios de producción, distribución y creación distintos de los que rigen la industria cultural predominante.


II. TRAGAFUEGOS SUPERSÓNICOS

En esta ocasión no entraremos en una explicación detallada de los principios del software libre. Simplemente diré que en el Rancho Electrónico consideramos al software libre como un principio filosófico, como una forma de organización social, y no como mero mecanismo de regulación tecnológica. “Software libre para una sociedad libre”, reza la famosa frase de nuestro gran sabio rupéstrico, el fundador del movimiento de software libre Richard Stallman, quien insiste en no olvidar que la libertad social es el objetivo que los charros cibernéticos perseguimos a través de nuestros actos.

De la misma manera que el software libre nos interesa sólo en la medida en la que sirva para conformar sociedades libres, el “arte libre” que desarrollamos en los laboratorios del Rancho es concebido como un espacio de incidencia sobre la forma en la que sus miembros nos relacionamos socialmente. Esto trae consigo un cuestionamiento sobre la praxis a premisas que en otros espacios artísticos parecen inquebrantables, como la idea de que la creatividad es un acto prioritariamente individual, o la de que no se pueden echar a andar proyectos colectivos si no hay una distribución claramente diferenciada del poder.

Para ilustrar mejor lo anteriormente expresado, pasemos a hablar de tres experiencias concretas que alrededor del arte han surgido en el Rancho en los dos años y medio que éste tiene de vida. En primer lugar mencionaremos el taller de cine libre, que fue un proyecto iniciado a comienzos del 2014, y en el que decenas de personas aprendieron a utilizar una cámara cinematográfica, a sonorizar una secuencia de imagen en movimiento, a crear un discurso fílmico, a utilizar programas de software libre que permiten producir y post-producir cine y vídeo. Todo esto culminó en un ejercicio de colaboración fílmica conocido como la Criptopeli, un documental sobre la vigilancia tecnológica y sobre los riesgos que en materia de seguridad digital se viven en nuestro país. Este documental, dicho sea de paso, se insertó dentro de un evento mayor conocido como el Critptorally, el cual se conformó de una serie de charlas, talleres y juegos en torno a la amenaza que el actual gobierno peñista implica para la seguridad de quienes utilizan medios digitales para comunicarse. Este dato resulta relevante para nuestro tema, pues es una muestra de cómo el arte ranchero se concibe como una práctica imposible de disociar del contexto sociopolítico en el cual se encuentra inserta.

En segundo lugar comentaremos la creación gráfica que permanentemente se realiza en el Rancho. Este rubro se manifiesta en el diseño de carteles que sirven para difundir las actividades cotidianas del espacio hacker, en la organización de talleres de composición gráfica y de programas libres para editar fotografías, dibujos y vectores, y en la generación de proyectos específicos en los que la creación de imágenes juega un rol predominante. Un ejemplo de esto último son las llamadas criptotarjetas, que fueron creadas con el objetivo de difundir los riesgos sociales que mencionamos al hablar del Criptorally. Cabe enfatizar que esta labor divulgativa requirió de un esfuerzo colectivo que no sólo se limitó a colocar la información en un formato dado, sino que pasó por diversas discusiones sobre la estética de las imágenes y sobre la forma en la que éstas se relacionaban con los temas reflejados.

Pasando a nuestro tercer caso, comentaremos un proyecto que iniciamos hace apenas algunas semanas, el cual se dirige a la conformación de un grupo de producción musical con herramientas libres y bajo formas de trabajo afines a la lógica ranchera. En este momento, el Laboratorio de música libre se encuentra en una etapa inicial en la que el objetivo es generar un sentido de comunidad y aprender a utilizar algunos programas libres que sirven para crear y editar música. Tenemos contemplado concluir este primer momento con la creación de un archivo de sonidos generados a partir de nuestras primeras exploraciones creativas, bajo la idea de que este archivo sirva para aprender a publicar nuestras producciones con licencias libres y para generar un recurso compartido que pueda ser utilizado por cualquier persona que tenga acceso a Internet. Es importante decir que este laboratorio es continuidad de una serie de colaboraciones que el colectivo Armstrong Liberado ha venido haciendo con el Rancho Electrónico desde hace más de un año, lo que muestra que nuestro pueblo magnético no sólo es un espacio que genera grupos y proyectos artísticos nuevos, sino también uno en el que colectivos diversos encuentran un lugar para producir arte y compartir sus experiencias creativas. En este blog podemos ver cómo se ha ido articulando este proyecto piloto.

Después de revisar tres proyectos artísticos que han tenido lugar en el Rancho Electrónico, podemos ver que todos ellos comparten un ideal por generar espacios de creación que utilicen herramientas tecnológicas libres, que generen productos dispuestos a ser compartidos sin las restricciones que los modelos convencionales de producción cultural imponen, y que planteen modelos de aprendizaje basados en la colaboración, la horizontalidad y el conocimiento distribuido. Cabe agregar que dos de los tres casos comentados han logrado ser altamente productivos a pesar de prescindir de financiamiento público o privado: el taller de cine generó, en el lapso de un año, varios cortometrajes y un documental colaborativo, mientras que la comunidad de artistas gráficos del Rancho tiene ya una vasta colección de carteles, tarjetas, logotipos, camisetas y calcomanías. En uno y otro caso podemos comprobar que la suma de voluntades y la generación de un espacio de confianza han podido superar la falta de dinero y de un marco institucional que imponga tiempos de trabajo y formas organizativas, y en las tres experiencias se han logrado articular grupos que combinan una intensa experimentación estética con una explícita intención de utilizar el arte como un medio para construir comunidad.

Pero, ¿podemos decir realmente que en el Rancho Electrónico se está gestando una forma alternativa de producir arte?; ¿acaso no existen dificultades, contradicciones, incongruencias que surgen al momento de confrontar los ideales artísticos con la costumbre que tenemos a trabajar jerárquicamente y con la necesidad de conseguir dinero para llevar a buenos términos nuestros proyectos?; ¿no es acaso iluso pensar que en el ejercicio de autonomía y cooperación que realizamos en el Rancho existe una verdadera apuesta de confrontación a un sistema dominante, cuando la mayoría de los rancheros no podemos dejar de depender del capitalismo para pagar la renta de nuestra casa? Como el mismo Rockdrigo apunta en su canción, los tiempos de híbridos no sólo se conforman de frijoles poéticos y garbanzos matemáticos, sino también de una vil penetración cultural, de un agandalle transnacional que deja pueblos esqueléticos, y del cual no podemos escaparnos en los sarapes de neón que tejemos con tantas esperanzas.


III. PITECANTROPUS ATÓMICO

El pitecantropus es una especie extinta de homínido que hace cientos de miles de años se entretenía, junto con otros abuelos ancestrales, en el arduo oficio de inventar la cultura. Se dice que en aquellas épocas surgieron descubrimientos que revolucionaron las habilidades sociales de aquellos monos proto-pensantes. Eran los tiempos en los que Prometeo trajo el fuego a quienes poco a poco descubrirían su potencial para forjar civilizaciones humanas, y en los que Dios arremetía contra Adán y Eva por su incipiente interés en los oscuros secretos del arte y de la ciencia.

El pitecantropus atómico es, según la ciencia rodriguesca, una especie en estado de conformación que a partir del descubrimiento del fuego cibernético está inventando una nueva cultura. Según afirman expertos en el tema, la tecnología digital ha impactado de tal manera en las relaciones humanas que ha venido a desestabilizar algunos de los pilares que durante siglos y milenios han sostenido la civilización humana. La idea de jerarquía, tan común en prácticamente todas las formas de organización social que conocemos, parece ser incompatible con un sistema de comunicación basado en redes descentralizadas, mientras que la noción de territorio local parece no encajar en un estado de interconexión global como el que el Internet.

Ahora bien, ante la desigualdad que sigue imperando en prácticamente todas las regiones del mundo, ante la enajenación y despolitización masiva que resultan tan benéficas al consumo tecnológico, ¿podemos realmente confiar y depositar nuestras esperanzas en tales afirmaciones? El pronóstico que al respecto nos ofrece el profeta nopalero es ambiguo, aunque sarcásticamente inclinado hacia un escepticismo sobre las bondades agrícolas de tan tremendo despiporre intelectual: creer que existen nopales automáticos es tan absurdo como apostar a que los circuitos electrónicos generarán un cambio social de escala planetaria. Pero a pesar de ello las ranas siguen tocando sus sinfónicas, y las marías ciclotrónicas no paran de canturrear.

Siendo alguien que participa en los experimentos artísticos del Rancho Electrónico al mismo tiempo que investiga los procesos de resistencia cultural a través del arte, mi posición sobre los alcances sociales que experiencias como las señaladas tienen es tan ambigua como la canción de Rockdrigo. Una parte de mí tiende a priorizar las esperanzas y las filias que se depositan en los proyectos que uno asume como propios, y otra parte se inclina a subrayar los aspectos fallidos de nuestras apuestas y los muchos puntos ciegos que existen entre nuestros discursos y nuestras prácticas. En lo que sigue, lejos de ocultar la ambigüedad que el lugar adentro/afuera supone, concluiré esta breve reflexión haciendo dialogar las caras opuestas de esta moneda.

En el rol del investigador académico, es interesante confrontar el trabajo artístico que se hace en el Rancho Electrónico con las consideraciones de Michael Hardt y Antonio Negri sobre el impacto que el llamado trabajo biopolítico trae para la economía y la cultura. De acuerdo con ellos, el neoliberalismo tardío, al mezclar el ámbito laboral con todas las demás esferas de la vida, da lugar a un estado de contradicción entre dos fuerzas complementarias: una que busca privatizar la información y convertir en valor económico a la afectividad humana, y otra que necesita fomentar el intercambio libre de recursos comunes. “El capital se enfrenta –nos dicen ellos– a una situación paradójica: cuanto más se ve obligado a buscar la valorización mediante la producción de conocimiento, más se sustrae a su control el conocimiento” (Hardt y Negri, Commonwealth, p. 354). Desde esta perspectiva, la labor que hacemos en el Rancho encuentra fuertes resonancias con un momento en el que la autogestión, la colaboración y la horizontalidad social se han vuelto etiquetas de mercado que atraen a personas de diferentes latitudes. Las llamadas “empresas creativas” adoptan el discurso de la libertad cultural para promover maneras novedosas de privatizar el conocimiento, y en ese flujo los rancheros hemos encontrado un terreno fértil para echar a andar proyectos duraderos.

No obstante, existen diferencias fundamentales entre las “empresas culturales” y la labor de los rancheros, como es el rechazo que éstos manifiestan hacia plataformas como Facebook, Google y otros estandartes de la valorización económica de afectos y saberes. Además, al tener el software libre como base ideológica, se da en Rancho una insistencia en ejercer un sistema de trabajo que choca fuertemente con varios de los principales preceptos capitalistas: la propiedad privada deja de ser un elemento crucial para entender la creación artística, la competencia se elimina como sistema de discriminación entre artistas “destacados” y creadores “mediocres”, mientras que la industria cultural y los programas de becas son ambos rechazados, no sólo porque generan lazos de dependencia y condicionamiento estético, sino también por que requieren de la explotación laboral de personas que nunca son las beneficiarias de los programas de CONACULTA, de las becas Santander y de instancias similares.

Siguiendo los argumentos de Hardt y Negri, la nueva escena biopolítica trae consigo una potencia de generar instituciones nuevas que estén basadas en la autonomía, la cooperación y la organización en redes distribuidas. Esto, sin embargo, no es algo que ocurra de manera automática ni mucho menos que se encuentre garantizado por el advenimiento de las tecnologías digitales. Si parece evidente que la actual escena sociopolítica global abre algunas oportunidades para la justicia y la democracia, es también visible que los sistemas de control y de mercado se fortalecen, haciendo necesaria una organización social que ejerza resistencia y busque la transformación. Y esto sólo puede ocurrir ejerciendo violencia contra los modos establecidos de hacer las cosas.


IV. CAMPECHANA MENTAL

¿Qué tanta resistencia es necesaria para transformar un sistema?, ¿qué tanta violencia estamos dispuestos a ejercer y soportar para lograr los objetivos que tenemos? He aquí preguntas que inevitablemente nos llevan a sentirnos frustrados. Ha llegado el momento de llamar al heterónimo ranchero para que exprese una voluntad que escapa a los ojos del crítico, una que sólo puede darse al interior de las propias prácticas de disidencia. Si el “señor doctor”, al observar la distancia entre la realidad y sus teorías, suele terminar por demás descepcionado, quien participa en los laboratorios rancheros puede experimentar en carne propia un proceso de autonomía que no necesita cuadrar con las cifras del INEGI, que no requiere ser masivo ni carente de contradicciones, para volverse socialmente transformador y profundamente significativo. Es aquí donde el charro magnético coloca su palabra para hablarnos de un proyecto que rompe con muchos de los esquemas culturales que su experiencia artística ha conocido en los entornos universitarios, en las becas del FONCA, y en otros muchos ámbitos en los que prima el individualismo y la disociación entre el arte y el mundo.

En términos estéticos, el hecho de considerar el arte como un proceso cooperativo, horizontal y autónomo, capaz de aprovechar los beneficios sociales que las tecnologías libres ofrecen, nos obliga a replantear el modo en el que creamos y percibimos nuestras propias creaciones; en términos éticos, esto nos empuja a repensar lo que es “bueno” o “malo” para la comunidad tanto interna como exterior a nuestro espacio de experimentación, y nos pide actuar en función a los valores que a partir de tales pensamientos vamos generando;  en términos productivos, hemos visto que existen formas alternativas de generar y administrar los recursos necesarios para hacer social y materialmente posible la producción artística; y en términos afectivos destaca el cariño que hemos generado hacia un proyecto en el que el arte, la política y la sociedad son un mismo nudo imposible de desenredar.

Pero en términos realistas, es fundamental no perder de vista que nuestro pequeño universo doméstico se encuentra sumergido en un complejo tiempo de híbridos, y que el pitecantropus atómico es, en el mejor de los casos, una especie embrionaria que necesita acrecentar su placenta para poderse desarrollar. Nosotros hemos decidido, a pesar de todo, abrazarnos con fuerza a nuestra contradictoria identidad ranchera, y no caer en “vulgaridades” como la falta de identidad que Rockdrigo denuncia en el último verso de su canción. Hace falta reflexionar tendidamente sobre los tiempos tan inestables que estamos viviendo; sin embargo, esta reflexión no implica que dejemos de crear, de campechanear en la dirección irónica que nuestro homenajeado ha provocado en nosotros… incluso a costa de sus propias conclusiones.

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